
En efecto, podemos dar por concluida la temporada teatral.
El fin de semana pasado representamos Pic-Nic y (De)Formación militar. Aunque las críticas fueron buenas (a ver qué van a decir... Je, je), podemos asegurar que la gente se reía bastante. Ha sido mi segundo estreno como escritor dramático. El primero fue la hagiografía de la patrona de la parroquia, santa Rosalía. De aquello hace ya unos quince años. Gracias a aquella obra, entré en el grupo. Muchas obras hemos representado desde entonces, y en todas ellas, más que menos, he actuado: Llama un inspector, La llave en el desván, La casa de los siete balcones, Melocotón en almíbar, Lo que María guardaba en su corazón, La tercera palabra, La muralla.
Ahora vuelve a comenzar otra vez el proceso: elegir obra, repartir papeles, ensayos... No es un proceso costoso; antes al contrario. El un pequeño placer que requiere dedicación y sacrificio. El teatro se convierte, cuando te entregas a él, en tiempo para enfrentarse a tus miedos, para profundizar y empatizar, para mejorarte y superarte, para obtener lo mejor de ti mismo; tiempo que te ofrece la extraordinaria oportunidad de ser otro, de vivir otra vida.
Son muchos los momentos que dedico al teatro.
Momentos de sentido que conforman una identidad, una existencia.
Se abre un tiempo de silencio; un tiempo de reflexión.
Si el objetivo básico del instinto no es la terminación de la vida sino del dolor, paradójicamente, el conflicto entre a vida y la muerte se reduce más conforme la vida se aproxima más al estado de gratificación.
Hebert Marcuse